25 aniversario de Maastricht: la Unión Europea cumple años en plena crisis

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No se esperan grandes fastos, ni discursos, ni presencias sonadas. No hay ganas ni, piensan muchos, demasiadas razones. Esta mañana, en un pequeño evento organizado por la universidad local y el grupo New Europeans, unos cientos de jóvenes entusiastas recordarán desde Maastricht el 25 aniversario de la entrada en vigor del tratado que sentó las bases de la Unión Económica y Monetaria, un salto sin precedentes. El Tratado de la Unión Europea dio forma a una idea y un lenguaje que ya no existen. La época de las Comunidades Europeas, de los ámbitos de cooperación adicionales (segundo y tercer pilar) quedó atrás. También el contexto. Maastricht, cuando el fin de la historia parecía al alcance de la mano, llegó tras la caída del Muro de Berlín y en medio de una ola de entusiasmo y optimismo. Un cuarto de siglo después, el clima no puede ser más diferente.

En la era de Trump, el populismo que acorrala y el resurgir nacionalista hay un pesimismo generalizado, dudas, recelos y choques entre los Estados Miembros. Vivimos pleitos entre las capitales y las instituciones europeas. Fracturas crecientes, polarización, potentes amenazas externas y una preocupante falta de propuestas. Después de Maastricht llegaron Ámsterdam, Niza, Lisboa. Hubo hasta una Convención para lanzar una Constitución Europea. Prehistoria. La consigna hoy, y no parece poco, es sobrevivir, y nadie incluye en su hoja de ruta un nuevo documento o una profundización importante.

Europa está en impasse, pero eso dice poco. El mantra más repetido en el continente es que la UE sólo es capaz de avanzar de crisis en crisis, por lo que todas, de alguna forma, son una oportunidad. Esta vez parece diferente. No se trata de un hecho o un líder concreto, no es un rescate, una frontera o una directiva. La ruptura toca de lleno ya no sólo a los valores y principios que de forma abstracta llevan décadas marcando el paso y los límites, sino a la misma esencia de la Unión: la democracia liberal, el Estado de Derecho y el imperio de la ley. El desafío, hoy, va al corazón, al lema de “unidos en la diversidad” y al sueño de una “unión cada vez más cercana”.

“La crisis económica ha dejado al aire muchas divisiones. Sobre la Eurozona. Sobre el Estado de bienestar y sus estándares, con una fractura norte y sur. Una, evidente, entre el Este y el Oeste. Otra, ente centro y periferia, con el debate sobre una integración a múltiples velocidades. Siempre hemos tenido crisis de diferentes tipos, pero ahora la idea principal parece ser que la solución no es una UE con más integración, y eso es preocupante”, apunta Ania Skrzypek, investigadora senior en Bruselas de la Foundation for European Progressive Studies. “Los ciudadanos no ven a la UE como un punto de conexión. Maastricht quería traer esa conversación entre comunidades, entre diferentes niveles. Estamos buscando aún un punto de referencia, una sensación de pertenencia que traiga el sentido de la responsabilidad”, insiste con su Polonia natal en mente.

“Estamos todavía arrastrando algo que no se logró en 1992 y que se ha vuelto más complicado: cómo gobernar esta UE. Es una cuestión sin resolver, una tensión constante entre estabilidad y crecimiento, entre contención fiscal y gasto público, entre estabilidad política y calma social. Una tensión entre la exposición al mundo exterior y nuestra habilidad para responder colectivamente. En todas estas áreas necesitamos un acercamiento que supere las diferencias conceptuales o de principios, y esas iniciativas, esos puentes, son lo que faltan ahora mismo en Europa”, lamenta Josef Janning, responsable de la oficina en Berlín del European Council on Foreign Relations

La UE fue diseñada para una forma de hacer política que ya no vale en el siglo XXI. Europa ha funcionado, con toda su lentitud y burocracia, merced a leyes, directivas e instituciones. Gracias a que los embajadores de los Estados Miembros se ven varias veces por semana y resuelven sus diferencias en insoportables reuniones, a que hablan una jerga legal incomprensible para el resto de la humanidad y tienen los mismos códigos, intereses (y prejuicios). Gracias, también, a que las decisiones importantes, durante décadas, se tomaron sin luz ni taquígrafos. En pequeñas habitaciones, con bebidas y puros, entre un puñado de líderes. La UE de hoy sale de ahí, con todo lo bueno, y lo malo. Con éxitos, fracasos y un exceso de confianza en su limitada capacidad de adaptación. Los Orban, Salvini y Kaczyski, con otros métodos, otros mensajes, otras aspiraciones y una visión que choca frontalmente, han bebido en buena medida del rechazo a esos silencios, esa arrogancia elitista y sus errores.

“En sí Maastricht es a la vez la coronación y el cenit del ‘método Monet’. Las élites europeas llevaron la integración tecnocrática hasta el límite en ese tratado. Los referéndums de Dinamarca (rechazado) y de Francia (aprobado por los pelos) ya anunciaban lo que pasó después: que no se puede proseguir en la integración sin contar con la ciudadanía. El consentimiento silencioso de las masas ya no es suficiente. Los políticos ahora tienen que explicarle a sus poblaciones por qué la UE es positiva, por qué el euro es positivo y lo cierto es que se han enterado de esa necesidad muy tarde”, advierte Miguel Otero, del Real Instituto Elcano.

“Para poder competir contra EEUU y Japón, Europa necesitaba unirse, consagrarse como una unión política sobre un mercado único. Esos desafíos siguen, el problema es que esa unión política no se ha logrado todavía y ahora los competidores han aumentado”, añade el español. No es el único que lo ve así. “En 1992 había muchas razones para optimismo. Los tiempos actuales son muy diferentes. Maastricht se produce antes de que China se uniera a la OMC. Se hablaba entonces de ‘the rise of the rest’. Había un mundo menos competitivo. Hoy, vivimos el retorno del autoritarismo y el auge de los hombres fuertes. La política está fracturada, Putin es un vecino disruptivo que quiere socavar el continente. El orden internacional surgido del final de la Segunda Guerra Mundial está ante la mayor presión nunca vista y no sabemos qué lo va a reemplazar. Hay mucha incertidumbre, riesgo, así que es difícil hacer juicios sobre lo que viene”, destaca Brigid Laffan, directora del Robert Schuman Centre for Advanced Studies del Instituto Europeo de Florencia.

Europa no ha hecho todavía un acto verdadero de contrición. Teme que asumir culpas en voz alta sea utilizado por quienes trataron y tratan de cambiar las reglas o amoldarlas a sus intereses. Por eso mira hacia adelante, se tapa los oídos y se niega a salirse de un guión que cada vez más claramente ha quedado obsoleto. “Hay una evidente falta de entusiasmo en Europa y en parte es porque ha habido muchos errores. Si miramos a lo ocurrido en 2011 y 2012, ni siquiera el BCE hizo bien su trabajo. Esperó demasiado. La Comisión Europea, también. Sus recomendaciones en política fiscal fueron un error. Desde entonces, lo bueno es que se han ido corrigiendo. Draghi con sus medidas no convencionales y la Comisión es ahora mucho más flexible… pero entiendo el resentimiento hacia las instituciones”, explica Grégory Claeys, investigador del Instituto Bruegel en Bruselas.

En 2016, tras el referéndum británico, los líderes europeos se conjuraron para echar el freno y darse algo de tiempo para pensar. No había, argumentaban, ningún consenso sobre a dónde ir y cómo, por lo que era absurda la pretensión de responder al Brexit y los desafíos apelando simplemente a una mayor integración y todavía más rápido. La victoria pírrica ante los extremistas en Holanda, Franciao Alemania devolvió la euforia brevemente, pero lo cierto es que sigue sin haber una respuesta clara. “En 2017 pensábamos que sería el año de los avances, pero no se ha logrado gran cosa. Es muy dudoso que en lo que queda hasta diciembre pueda haber decisiones. Merkel, tras su anuncio, es lo que se conoce como pato cojo, un ‘lame duck’, ya no tiene mandato para grandes decisiones en Europa. No es que le gustasen de por sí, pero ahora es incluso menos posible. Iremos a campaña de las elecciones europeas básicamente con la misma actitud que ha prevalecido hasta ahora, más o menos es una confrontación binaria entre quienes quien destruir y preservar la UE. Y eso es un regalo para los populistas, que aman esos planteamientos binarios”, advierte desde Berlín Josef Janning.

Hay toda una generación de europeos que no recuerda, no ha conocido o no puede imaginar un continente sin Angela Merkel. Pero hay también una idea de Europa que, probablemente, tampoco pueda sobrevivir sin ella. La canciller ha sido el motor, el corazón y el eje en torno al que ha girado la UE los últimos tres lustros. Poco se podía hacer con ella y nada con su oposición.

Hay una frase, parafraseando una célebre máxima de Churchill, que resumen bien su legado: la Alemania de Merkel acaba haciendo siempre lo correcto, después de intentar primero todo lo demás. En su haber, todos los méritos que le han sido reconocidos: liderazgo, tejer alianzas, paciencia, habilidad. Su resistencia y su discreción, para impulsar el continente sin abrumar en primera persona. Su determinación para dar la cara ante los rivales exteriores y no claudicar en las grandes luchas ideológicas o de principios.

En su deber, el “nein” constante de Berlín que ha ralentizado o matado buena parte de las reformas económicas necesarias para la Eurozona. Su ritmo lento, fatigosos y de vencer por agotamiento o asfixia. Pero sobre todo su falta de coraje, no para plantarse ante los enemigos, sino para hacerlo ante los suyos. Sus votantes, sus ahorradores, sus bancos, su Parlamento, su propio partido.

Paulina Astorza, profesora de Relaciones Internacionales de la Universidad de Concepción, en Chile, y responsable de su Cátedra Jean Monnet, ve las cosas con la perspectiva que otorga cierta distancia. “En tiempos complejos y mucha turbulencia, en que las estructuras internacionales están moviéndose, la UE sigue siendo el mejor y más exitoso modelo de integración, unidad, prosperidad y paz. Esas fueron las razones que llevaron a Monnet, Schuman, Adenauer, Spaak, De Gasperi y los demás padres fundadores a unirse. Esas motivaciones siguen siendo válidas hoy pero la ciudadanía también exige más y no es fácil responder”, asegura.

Ya no están esos nombres y su legado, en Bruselas, sólo se ve en los libros de texto. La UE mira ya resignada hacia adelante pensando en un orden postmerkeliano. Sin haber cerrado aún la crisis del Brexit, sin resolver la disputa comercial con EEUU, sin haber superado la crisis política derivada de la pésima gestión de la crisis de refugiados de 2015. Con la extrema derecha cada vez en más gobiernos, un miembro fundador en un pulso suicida y las pulsiones nacionalistas encontrando un hueco. Sin tratados, sin un eje antipopulista. Sin una narrativa sólida, fuerte, contagiosa y capaz de entusiasmar.

“Europa si quiere ser otro polo importante tiene que integrarse más profundamente y de manera más rápida, pero el problema ahora mismo es que nadie quiere hablar de cambiar ‘los tratados’. Maastricht fue la coronación y el cenit de una manera de hacer”, insiste Miguel Otero.

Hoy, a pesar de todo, no se percibe un miedo excesivo. Hay avisos, señales, alertas, pero en general una complacencia casi sorprendente. Pocas voces se alzan y menos se escuchan en Bruselas. Casos como el comisario Moscovici denunciando el peligro del fascismo son excepciones. Lo que hace dos décadas era extremo es hoy ya lo normal. El populismo, ayer, era excepción. Hoy, en muchos sitios, norma. “La situación es muy peligrosa. Nuestras instituciones democráticas son frágiles y a menudo las damos por hecho cuando deberíamos pelear por ellos. La democracia siempre es frágil, depende de normas y de civilización. La población, los ciudadanos, debe permanecer muy vigilante. Hay una tendencia mundial y esa teoría de que esto no puede ir a peor es la mentalidad más peligrosa de todas. Claro que puede ir mucho peor”, avisa la profesora Laffan desde Italia.

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